Una vida construida con sueños, trabajo, familia, fe y servicio
En la vida, los sueños no se cumplen solos. Se construyen con trabajo, disciplina, honestidad, humildad y, sobre todo, con fe en Dios.
Esta no es la historia de una vida perfecta. Es la historia de un niño que conoció las dificultades demasiado temprano, de un joven que aprendió a luchar, de un hombre que nunca dejó de soñar y de una familia que se convirtió en su mayor razón para seguir adelante.
Durante los años 80, mi familia vivía en Fundación, Magdalena. Éramos una familia trabajadora, pero el crecimiento de la violencia y la presencia de la guerrilla nos obligaron a salir de Colombia. Viajamos al Líbano buscando tranquilidad y un mejor futuro. Sin embargo, un año después comenzó la guerra tras la invasión israelí al Líbano en 1982.
El conflicto prácticamente destruyó el sueño y el patrimonio que nuestra familia había construido durante años. Yo apenas tenía 8 años y, junto a mis hermanos y mis padres, nos tocó trabajar para sacar adelante a nuestra familia. Trabajamos en el campo y vendimos ropa usada en los mercados populares.
Nunca me ha dado vergüenza haberlo hecho. Al contrario, lo recuerdo con orgullo, porque aquellas experiencias me enseñaron que ningún trabajo honesto es pequeño, que la adversidad nos fortalece y que la fe nos da fuerzas para continuar.
A los 15 años tomé una decisión que cambiaría mi vida: regresé a Colombia. Salí del Líbano con 100 dólares y llegué a mi patria con 87. Pero realmente no llegué con 87 dólares; llegué con esperanza, sueños y la convicción de construir un futuro mejor.
En Maicao comencé a trabajar junto a mis hermanos mayores, que también eran jóvenes. A los 18 años empecé a trabajar en una bodega, cargando, descargando y entregando mercancía. No tenía grandes recursos ni influencias, pero sí tenía un sueño: algún día tendría mi propio negocio.
Con esfuerzo, disciplina y honestidad fui creciendo. Fui administrador de un establecimiento comercial y tuve la oportunidad de gerenciar la Cooperativa de Importadores de Calzado, IMCAM. Hasta que el 2 de enero de 2010 hice realidad uno de mis grandes sueños: abrir mi propio negocio, Almacén Jazmín.
Pero mi mayor sueño no era un negocio. Dios me había permitido formar un hogar junto a mi esposa y nuestros cinco hijos, cuatro niñas y un niño. Ellos son mi refugio, mi motivación y mi mayor orgullo. Si me preguntan cuál ha sido mi mayor logro, mi respuesta siempre será: mi familia.
Con el paso de los años llegó el servicio público. Amigos que creyeron en mí propusieron mi nombre para la Asamblea Departamental, y logramos el triunfo. Aquella alegría estuvo acompañada por uno de los momentos más dolorosos de mi vida: el fallecimiento de mi padre, Mahmud Dasuki (Q.E.P.D.).
Después llegó un desafío aún mayor: la Alcaldía de Maicao. Muchos pensaban que no era posible, pero con la bendición de Dios y el respaldo de mi pueblo maicaero logramos un contundente triunfo. Para mí no fue solamente una victoria electoral, sino la confirmación de algo que aprendí desde niño: con fe, perseverancia y honestidad, muchos límites pueden superarse.
También cumplí otro gran sueño: ser profesional. Me gradué como Administrador de Empresas en la Universidad de La Guajira. Convencido de que quien deja de aprender deja de crecer, continúo preparándome y actualmente curso mi tercer semestre de la Maestría en Administración de Empresas.
Hoy entiendo que mi verdadero éxito no está en un cargo, un negocio, una elección o un título. Está en mi familia y poder servir a mi pueblo, donde nací, crecí y al que le debo tanto.
No soy un hombre perfecto. Soy un hombre que aprendió a levantarse. Cada dificultad me dejó una enseñanza, cada caída me enseñó a seguir adelante y cada persona que creyó en mí aportó algo para alcanzar mis metas.
Hoy sigo soñando, trabajando y teniendo fe. Quiero continuar alcanzando nuevas metas, pero también seguir sirviendo, sin pisotear a nadie para subir ni apagar la luz de nadie para mostrar la mía. Con humildad, transparencia, honestidad y fe en Dios.
Mi historia no termina aquí. Aquel niño que trabajó en el campo, aquel joven que regresó a Colombia con 87 dólares, aquel hombre que construyó un negocio, un hogar y una carrera profesional, y aquel servidor público que recibió la confianza de su pueblo, siguen siendo la misma persona.
Nunca olvido de dónde vengo, las dificultades que viví ni a quienes creyeron en mí. Todo lo que soy y todo lo que he logrado se lo debo a Dios, a mi familia y a las personas que han caminado conmigo.
Porque el verdadero éxito no consiste solamente en alcanzar nuestros sueños, sino en convertirlos en una oportunidad para servir a los demás.
Esta es mi historia: una historia de dificultades, sacrificios, familia, trabajo, sueños y fe. Y, sobre todo, una historia que todavía no termina.
Mientras Dios me dé vida, seguiré soñando, trabajando y sirviendo.
Su amigo de siempre,
Mohamed Dasuki

